Los judíos y el sexo premarital

La actitud del judaísmo hacia el sexo premarital es intrigante. La Torá no lo proscribe, como lo hace con muchos otros tipos de relaciones sexuales, y el hijo de tal unión no se considera mamzer (ilegítimo). No obstante, el sexo conyugal se considera ideal y tradicionalmente no se aprueba el sexo prematrimonial.

Sexo dentro versus fuera del matrimonio

La actitud negativa hacia el sexo prematrimonial, en gran medida, refleja la actitud abrumadoramente positiva hacia el sexo dentro del matrimonio. El matrimonio se conoce como kiddushin, mismo que proviene de la palabra hebrea para “santo”. En el judaísmo, las cosas sagradas son cosas que se apartan y se vuelven especiales y únicas.

Cuando el sexo se reserva para el matrimonio, también se considera sagrado. La mayoría de las autoridades judías desaprueban el sexo prematrimonial porque no tiene lugar dentro del contexto de kiddushin.

¿Qué pasa con las relaciones monógamas a largo plazo?

¿Qué pasa con una relación sexual a largo plazo en la que dos personas, aunque no están casadas, se han designado como su pareja exclusiva? Esta pregunta ha sido planteada por algunos pensadores judíos liberales; sin embargo, tanto el movimiento conservador como el movimiento reformista (oficialmente) rechazan la posibilidad de atribuir kedushah (santidad) a dicha relación.

Como se mencionó, la Torá no prohíbe directamente el sexo prematrimonial. De hecho, a veces, las autoridades rabínicas y las fuentes tradicionales han sido indulgentes en esta área. En la España medieval, Nahmanides permitió el sexo con una mujer soltera no comprometida con otro hombre. No obstante, para los judíos tradicionales, las relaciones sexuales prematrimoniales no están exentas de complicaciones halájicas (legales). La Torá prohíbe el sexo entre un hombre y una mujer que está menstruando (lo que se conoce como niddah). Esta prohibición está vigente hasta que el período de la mujer termina y ella se sumerge en una mikveh o baño ritual. Esta restricción se aplica tanto a las parejas casadas como a las no casadas, aunque se considera inapropiado que una mujer no casada (excepto una futura novia) se sumerja en una mikveh. Por lo tanto, las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer solteros pueden violar un decreto de la Torá.

Curiosamente, la Torá sanciona un tipo de relación sexual no matrimonial: el concubinato. Una concubina o pilegesh es una mujer que, aunque está en una relación exclusiva con un hombre, no recibe los beneficios legales del matrimonio. En tiempos bíblicos, los hombres solían tener concubinas además de una esposa o esposas. En los últimos siglos, las autoridades judías, en su mayoría, han descartado la validez del concubinato. Una excepción interesante es la autoridad legal del siglo XVIII, Jacob Emden, quien sugirió volver a instituir la práctica.

Llamados al cambio

Muchas autoridades liberales han señalado la necesidad de desarrollar una nueva ética sexual para abordar la realidad del sexo prematrimonial. Arthur Waskow, un líder del movimiento de Renovación Judía, sugiere alterar nuestra expectativa de matrimonio para “facilitar que las personas sexualmente activas desde la pubertad entren y salgan del matrimonio”. Los movimientos conservadores y reformistas, aunque siguen enfatizando el ideal del sexo conyugal, han reconocido que la posición del judaísmo sobre la sexualidad humana no está en consonancia con las tendencias de la vida contemporánea, en las que las personas a menudo no se casan hasta los 30 años o más. Ambas denominaciones han sugerido que las relaciones sexuales prematrimoniales, cuando existen, deben llevarse a cabo de acuerdo con los principios éticos que rigen el sexo casado: a saber, con el respeto debido a todos los seres humanos como seres creados a imagen de Dios. Además, el rabino conservador Elliot Dorff ha enfatizado la importancia de la modestia, la fidelidad y la salud y seguridad en el sexo fuera del matrimonio.

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